Hay silencios que no se escuchan en el momento en que nacen. Se instalan sin ruido, sin aviso, como si no importaran. La infancia está llena de esos silencios: miradas que nadie interpretó, gestos minimizados, episodios que se archivaron como “cosas de niños”. Como adultos, pocas veces ponemos atención real a esos detalles. Decimos que el mundo ha cambiado, que ahora hay más información, más conciencia, más palabras. Y sí, algo ha cambiado. Pero ¿qué pasa con todo aquello que nunca se dijo? Ese silencio no desaparece: se transforma. Se vuelve eco.
Un eco que, con los años, pesa.
Crecemos creyendo que lo que no se nombra no existe. Que si nadie lo señaló, no fue grave. Que si nadie preguntó, no había nada que explicar. Así aprendemos a callar. A omitir. A adaptarnos. A confundir sobrevivir con normalidad. Muchas conductas adultas —la sumisión, la represión emocional, la dificultad para poner límites, el miedo a incomodar— no nacen de la nada. Son respuestas aprendidas en un entorno que no supo, no quiso o no pudo escuchar.
Seamos honestas: ¿cuántas de nosotras fuimos a terapia por voluntad propia, por curiosidad emocional, por autocuidado genuino? Pocas. La mayoría llegamos empujadas por un conflicto: una crisis, una ruptura, un ataque de ansiedad, un agotamiento que ya no se podía maquillar. Y aun así, llegar ahí es un acto que merece celebrarse. Porque admitir que algo no está bien sigue siendo un gesto valiente. El primer quiebre. El primer paso.
Una vez dentro, la caja de Pandora se abre. No hay marcha atrás.
En mi caso, el primer recuerdo de acoso y violencia sexual ocurrió a los seis años. En el kínder. En un salón de clases. A plena luz del día. El agresor era otro niño de seis años. Su nombre era Axel. Hubo una amenaza. Hubo miedo. Hubo silencio. Y hubo algo más inquietante: nadie lo notó. Ninguna maestra, ningún adulto, ninguna autoridad. ¿Cómo es posible que algo así ocurra sin que nadie se dé cuenta?
No culpo a nadie de manera individual. Sería injusto y simplista. En ese entonces, las niñas no teníamos voz. No se hablaba de consentimiento, de límites, de educación sexual, de violencia infantil. Mucho menos de lo que pasaba entre niños. El silencio no era una excepción: era la norma.
Pero el impacto fue real. Ese episodio no fue un punto aislado; fue el inicio. Después vino el acoso por parte de un familiar. Luego el de compañeros en la primaria. Más tarde en la secundaria. Después, un jefe. Durante años viví una continuidad de violencias que parecían desconectadas entre sí, pero que compartían un mismo hilo conductor: yo había aprendido a no hablar. A minimizar. A normalizar. A pensar que así era la vida.
Viví mucho tiempo sin dimensionar el nivel de daño que todo eso había dejado en mí. Porque el daño que no se nombra se disfraza de carácter, de “así soy”, de “ya lo superé”. Reconocerlo fue el verdadero inicio del proceso. Y dolió. Dolió porque implicó aceptar que no había sido fuerte por elección, sino por necesidad. Que muchas de mis decisiones estaban atravesadas por heridas no resueltas. Que había sobrevivido, sí, pero a costa de fragmentarme.
Hoy soy adulta. Soy madre. Y esa palabra cambia todo.
¿Cómo pretendo hablarle a mi hija de educación sexual, de autocuidado, de límites, de placer, de respeto, si aún cargo una herida que no ha terminado de sanar? ¿Cómo puedo protegerla desde el miedo si no reviso primero de dónde viene ese miedo? La maternidad no borra el pasado; lo confronta. Nos obliga a mirar de frente aquello que habíamos aprendido a esquivar.
No todas tuvimos la oportunidad de expresarlo en su momento. No todas supimos cómo. No todas fuimos escuchadas. Pero hoy, muchas estamos aprendiendo a poner palabras donde antes había silencio. A cuestionar lo que se nos enseñó a aceptar. A entender que lo que nos pasó no fue “normal”, ni “inevitable”, ni “sin importancia”.
Escribir esto no es una confesión ni una catarsis. Es una toma de postura. Porque el silencio de la infancia no desaparece solo porque crecemos. Se convierte en eco. Y ese eco se manifiesta en nuestras relaciones, en nuestra sexualidad, en nuestra autoestima, en la manera en que habitamos el mundo.
Hablar no repara todo. Pero abre grietas. Y a través de esas grietas entra la posibilidad de algo distinto: conciencia, reparación, prevención. Tal vez no podamos cambiar lo que nos pasó. Pero sí podemos decidir qué hacemos con ello. Y, sobre todo, qué silencios no estamos dispuestas a repetir.
-Sheila I.





